Mariposea la primavera entre mis venas exaltando a la soberbia, y cuando me siento poderoso sé que si no consigo lo que quiero es porque no me lo pido.
La realidad no me estimula, y soy tan necio como para creer que mis constantes accesos a toda esa infinidad de proyecciones la convierten en un borrador, en un estado intermedio corregible.
A veces abandono la ensoñación y me intervengo, pero siempre regreso a los aledaños porque desde esa periferia aún no reconozco estar viviendo su aproximación más exacta.
Siempre me he recluido con obstinada precisión, quizá porque prolongarse es inherente a un confort espiritual íntegro. Llego tarde para instruir a la vida, ahora sólo quiero-puedo-debo jugar con ella.