Reconoció síntomas que vulneraban el más elemental sentido de la decencia, muestras de un desquicio engendrado en el pasado, una aberración que ya debería haberse difuminado en el presente, pero que permanecía incrustada en su naturaleza, en la esencia misma de un ser al que ya no reconocía y al que sospechaba había permitido apropiarse de su vida al demorar en exceso una vigilancia que jamás debió relajar.