Durante algún arrebato temporal de ofuscado pesimismo, llegaba a creer que el error había acompañado a la mayoría de las decisiones importantes tomadas en su vida, pero el conocimiento de su propia naturaleza le obligaba a admitir que, seguramente, con cualquier otra combinación tampoco hubiera alcanzado la plena satisfacción. Al final siempre se convencía de que lo decidido era lo que tenía que haber sido decidido, además, ¿quién podía afirmar estar viviendo su vida tal y como la pensó?